Los olvidados

22 junio, 2015 at 06:44 Deja un comentario

Carolin Adames

“Donde hay justicia, no hay pobreza”, decía Confucio.

Carolin Adames.

Carolin Adames.

SANTO DOMINGO. Muchas veces escuchamos la famosa frase: “piensa en los niños de África”, cuando se está haciendo despilfarro de algo, desconociendo que la realidad de muchos barrios de Santo Domingo no se aleja mucho a la de esa región del planeta.

Navegar por las aguas del río Ozama puede ser un verdadero golpe, que contrasta con la realidad que se nos ha querido vender; viviendo en un país de concreto, en donde escasean las mentes brillantes, presumimos con parques que compiten con los mejores del mundo, con un metro más modernos que los que existen en decenas de países, elevados y túneles.

Sin embargo, ese cause, que corre silencioso hasta el mar Caribe, contrasta con toda esta modernidad, arrastrando en sus aguas los indicios de la pobreza más extrema.

Aguas oscuras, que parecieran ser alquitrán, donde el fétido hedor dificulta respirar y en donde las fundas y la basura flotan de la misma manera que las heces fecales, de un lado para el otro. Allí, donde sería difícil permanecer unas horas, a diestra y siniestra, casi amontonadas, se pierde la vista entre cientos y cientos de casitas hechas de zinc, madera, sacos y cartón.

La pobreza puede verse, sentirse y olerse, pareciera ser otro país, en donde no hay metros, ni túneles con costos millonarios, ni hoteles de lujos; ni diputados, senadores, ministros y demás funcionarios, ganando cuantiosas sumas, haciéndose millonarios de un día para el otro. Lamentablemente es el mismo país, donde estas familias viven en la absoluta miseria, carentes de los servicios más elementales para la vida.

El Estado se muestra olvidado a esta realidad. Sin embargo, en tiempo de elecciones las barriadas más empobrecidas, esas que están a la orilla del río, se convierten en tesoro que se contabiliza en votos.

El problema en si genera otros, como lo es la contaminación de una fuente tan importante de agua y la deforestación de toda esta área alrededor del afluente, causando daño a la vida de este ecosistema.

A esta realidad se plantean soluciones habitacionales, que no cumplen en cantidad con el déficit de vivienda y para acceder a ella se debe cumplir con una serie de requisitos legales y económicos, que si estas familias pudieran cumplir, indudablemente no vivirían allí.

Lo cierto es que el asentamiento humano a orilla de los ríos es una demostración de la mala distribución de la riqueza dominicana, que pone en evidencia la falta de una ley de ordenamiento territorial. Este problema también trae consigo la pérdida de especies animales y vegetales, así como un sinnúmero de enfermedades, lo que convierte esta situación en un mal de interés colectivo.

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