Clientelismo Político: Obstáculos a la ciudadanía y debilidad institucional

7 mayo, 2016 at 15:01 Deja un comentario

Por Cándido Mercedes

candido-mercedesSANTO DOMINGO. Como diría Giovanni Sartory en su interesante obra Como hacer Ciencia Política “Definir es, en primerísimo lugar, delimitar; asignar límites. Un concepto indefinido es, para empezar, un concepto “sin fin” del que no sabemos cuándo se aplica y cuándo no, que incluye y que excluye”. Asumiendo esa importante reflexión conviene destacar dos definiciones, dos conceptualizaciones del clientelismo político.

Para Rodrigo Borja, en su Enciclopedia de la Política, nos dice que el clientelismo político “Es una solución diádica que suele darse a través de la acción gubernativa, si el político está en el poder, o de la acción partidista o política – si no lo está, dirigida a entregar bienes o servicios a grupos políticamente cautivos de la población”. El clientelismo es un estilo de hacer política que consiste en generar fidelidades y gratitudes en grupos de la población a cambio de favores que les dispensan u ofrecen los partidos. El diccionario esencial de la Lengua Española, nos dice que el Clientelismo es un “Sistema de protección y amparo con que los poderosos patrocinan a quienes se acogen a ellos a cambio de su sumisión y de sus servicios”.

El clientelismo político es una expresión fiel, un espejo de la fragilidad de una democracia determinada y una manera de ver los alcances de las actividades autoritarias, conservadoras y populistas de los gestores políticos. El clientelismo nos pone en atención acerca de la validez del compromiso de una visión, de la altura de la clase política y su madurez. Dicho de otra manera, nos dice en qué medida una democracia es democrática, impidiendo la eterna tautología de la misma.

Cuando hablamos de clientelismo político, estamos abordando el nepotismo, el favoritismo y la corrupción política. El clientelismo lo contiene y lo trasciende, así como el caciquismo, caudillismo y distintas manifestaciones que no reflejan más democracia y más institucionalidad. En gran medida, el clientelismo, se deriva del contexto cultural, de la pobreza y la base institucional.

El clientelismo político es enemigo fiel, conspira contra la legalidad, contra la legitimidad y las actitudes desde el poder; por ello, representa el más conspicuo saboteador, impugnador del imperio de la ley. Juega a la debilidad institucional, aunque el discurso de los actores diga todo lo contrario. Su validez y sus movimientos para lograr sus objetivos descansan en esa debilidad institucional, en la degradación de la misma, pues el germen y sostén de su fortaleza deriva de la ausencia de éstas.

El clientelismo político no impulsa una democracia con más participación, con más igualdad, competición, pluralismo y constitucionalismo. Propicia más sumisión, pues éste se valida en su jerarquización, en su verticalización y el desconocimiento de los DERECHOS. Por ello, el clientelismo obstaculiza la construcción de ciudadanía, inhibe los derechos que les asisten a los ciudadanos como parte intrínseca a su naturaleza social, amparada en la ley de leyes promulgada el 26 de enero del 2010. Ella nos recrea el Artículo 7 como un Estado Social Democrático de Derecho y nos pauta en el Artículo 22: Derecho de ciudadanía, en sus numerales 1, 2, 3, 4 y 5. El Artículo 38 que habla de la Dignidad Humana y el Artículo 39 que especifica el Derecho a la igualdad.

El clientelismo niega, por así decirlo, la ciudadanía, su desarrollo y empoderamiento; porque para el ciudadano, su relación con el Estado está pautado por los mecanismos democráticos y principios institucionales. Esto fortalece el derecho y niega los privilegios, la discriminación y la discrecionalidad, elementos nodales para una relación horizontal, simétrica. El clientelismo político se fundamenta en la asimetría, en la subordinación y denigración de la interacción humana.

Fernando Vallespin, en su libro El Futuro de la Política, nos recrea el concepto de democracia cuando nos dice “La democracia no es solo el conjunto de reglas, instituciones y prácticas de las que nos valemos para organizar nuestro sistema de gobierno. Incorpora también principios, un ideal normativo que dicho orden institucional está llamado a encarnar en la realidad y nos sirve de guía para poder evaluar su funcionamiento específico en un momento dado”.

Los apologistas de esta caricatura de democracia, donde el 65% de los que trabajan ganan menos de $15,000 y la canasta promedio nacional está situado en $28,291.72, nos quieren insuflar un optimismo que no guarda relación con la realidad. Nos llaman pesimistas, empero, no saben que la democracia configura un péndulo que se mueve entre la utopía y la adaptación. Solo los que luchamos por las utopías creamos más democracia: Inclusiva, decente, abogando por más capital social y mayor cohesión social. Sin ellos, no avanzamos porque los de la realpolitik todo lo que hacen es bueno, es positivo y se regodean en la autocomplacencia y la alienación.

Para los hacedores del clientelismo político no significa nada que hoy por hoy constituyamos el tercer país de la Región con la densidad pública ocupacional más alta, esto es, con más empleados públicos por habitantes y por ciudadanos. Tenemos un empleado público por cada 11 personas inscritas en el padrón electoral; y, un empleado público por cada 16 habitantes. Esto, sin contar los 110,000 jubilados/pensionados. El 23% de los que están en el Padrón Electoral, según una crónica del periódico Diario Libre, están en la nómina del Estado directamente.

La nómina pública en los últimos 12 años se ha incrementado más que el padrón electoral, relativa y proporcionalmente. Desde el 2004 se montó desde el Estado, todo un esquema de clientelismo político para desarrollar toda una estrategia de dominación, de hegemonización del poder. Ese clientelismo se verifica desde la forma como se articulan con los “aliados en el bloque progresista”; la manera como cooptan a los periodistas, académicos e intelectuales y empresarios situados en las esferas sociales media, alta y muy alta; generando al mismo tiempo las más diversas formas de “atraer” a los sectores más pobres y vulnerables. Todo esto, como eje de fondo, con la corrupción más institucional y sistémica que hayamos conocido en la historia dominicana. Una clase política en el poder que ha devenido en rica y opulenta, en medio de la acumulación originaria más descarnada y larga desde la dictadura de Trujillo.

La pregunta, finalmente, que sirve de colofón y de proemio para otra oportunidad es: ¿qué fuerzas sociales, políticas, económicas y culturales han propiciado este desconcierto de clientelismo político? ¿Por qué la sociedad tolera todo ese escarnio y envilecimiento?

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